martes, 28 de abril de 2026

abuelos

No fui un buen nieto.
Quizás hoy con la libertad de carecer de abuelos vivos y de vivir día a día el vínculo entre mi hija y sus abuelos puedo llegar sin tapujos a esta conclusión.
Conocí a tres de mi cuatro abuelos. 
La primera que se murió fue Chile, Paz Galindo, la mamá de mamá. Yo era muy chico, sólo dos recuerdos permanen de ella. El primero, ella está sentada en el patio de mi casa de Lechiguanas con un pañuelo en la cabeza intentando tapar los efectos de la quimio. El segundo, intentar acercarme a su ataúd y salir despavorido al solo ver el perfil tieso de mi abuela.
El segundo que falleció fue Aldo Pagura, Don Aldo, el papá de mi mamá, el esposo de Chile. De el si guardo más momentos vividos. De hecho cuando enviudó se fue a vivir a la casa de lechiguanas con nosotros. 
Sin dudas los mejores recuerdos están relacionados 100% al fútbol. El fanático canalla, yo un niño gallina. Eran los años de ramon dt, del river que goleaba, gallardo, ortega, aimar. Años de fútbol de primera, de araujo, de grandes velez river. 
Mi abuelo miraba fútbol todo el tiempo, también a niembro, estudio fútbol.
Ya más grande sufrió el descenso de central y jamás entendió (y se murió pensando que era una broma) que river iba a jugar en segunda división. 
Sus últimos años fueron una mierda, con mi hermano hicimos lo que pudimos. 
Bañar a un viejo, llevarlo al baño, cambiarlo, ir al banco a cobrar su jubilación... La casa se fue cansando de todos nosotros y nuestras impotencia.
La última que murió fue Rosa Benhardt. La mamá de papá. 
De ella también atesoro muchos recuerdos. Era una mujer silenciosa, a la cual nunca vi gritar ni enojarse. Tenía muchas plantas y un jardín que cuidaba diariamente. En el fondo de la casa había grandes tachos de pintura viejos que usaba para juntar el agua de lluvia para luego regar sus plantas. También tenía una alacena donde guardaba enlatados y los frascos gigantes con Pepinos agridulces que ella misma preparaba. En el comedor una mesa redonda y una radio siempre prendida. Podría seguir describiendo cada rincón de su casa, pero no viene al caso.
Voy a los recuerdos puntuales. 
Mi abuela viajaba muy seguido a la casa de lechiguanas a quedarse dias con nosotros, todas las noches nos leía apasionadamente, ponía una silla al borde de la cama y leía y leía aún cuando mi hermano y yo dormíamos ella seguía casi en trance. También cuando era chico y me quedaba en su casa dormía en su cama y podía estar horas haciendo palmadas en mi cola.
Sus pirok, sus riwwel, sus pizzas, sus mangas arremangadas a la hora de cocinar y comer. La ley de un solo vaso de agua para todo el almuerzo, las tardes que fluían en silencio cuando yo era adolescente y me tiraba en el sillon de dos cuerpos a hacer nada mientras ella tejía.
Sus lentes, sus saquitos, sus ruleros, sus diálogos con su hermana en alemán, pausados, discretos, respetuosos. Como una definición de su vida.

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