sábado, 12 de febrero de 2011

Cuelgue matutino.


¡La puta madre!. Esas son las tres palabras con las que comienza la mañana. Una vez más se durmió. 07:40. Números grandes y rojos. Cuarenta minutos de retraso. Ya no podrá ducharse, ni matear, tampoco tostadas con manteca. Menos buscar un paraguas que lo proteja de la lluvia, ya que esa clases de objetos suelen extraviarse misteriosamente en el triángulo de bermudas, que es la casa de Rafael. La habitación es un caos pero con una velocidad sorprendente encuentra ropa limpia -en otro momento, aclararé el concepto de ropa limpia de Rafael-. Se va vistiendo mientras recolecta las llaves, la billetera... Camina, piensa, está atormentado. ¡Mierda!. Gritará y pateará una caja de pizza vacía. Una anchoita planea fracción de segundo. ¡Sólo una media!. ¡Solo una!. Estaría completamente listo si no fuera por la media derecha. 07:44 marca el radio reloj. Completamente vestido -salvo por la ausencia de una media- corre hasta el lavadero en busca de la que le falta. En una mano lleva su bolso y en la otra el zapato derecho. Es una especie de león enjaulado por el corredor, mira en todas las direcciones y nada. Revuelve y revuelve como un loco la ropa, collage de prendas. De repente divisa entre una remera negra de los Beatles y una bermuda de jean un sostén negro de Titania. El tiempo se detiene. El panorama de Rafael se achica. Su visión se centra en el sosten. Esos dos ojos que antes captaban, la remera, la bermuda, el sostén y la tabla de planchar, ahora sólo ven el sostén negro de Titania. No existen sonidos ni factores externos que rompan este momento. Es Rafael y el sostén. No hay siquiera mundo que sostenga ésta imágen. No hay hora en números rojos y grandes. Los ojos de Rafael parecen caerse. Pesan 100 kilos. Las piernas se aflojan y dos lágrimas ruedan por sus mejillas. Toma aire, suelta. Toma aire, suelta. Un dedo seca los ojos húmedos, susurra algo que no se entiende y... ¿Que estaba haciendo acá?. ¡Dios mío! 07:47 marca su reloj de pulsera. ¡La re putisima madre! Atraviesa la casa corriendo, cierra la puerta principal con llave y se dirige a la cochera. _¿Que haces Carlos? Lindo día, ¿no?.

Carlos lo observa como si sería un extraterrestre y Rafael piensa que no toda la gente comprende sus ironías. Sube a su auto aún sonriendo.

Lo que Rafael no sabrá -se enterará minutos depués- es que Carlos si entendió su ironía. Sus ojos atónitos no son producto de esta. Pasa que en el edificio en el que Carlos trabaja y Rafael vive, la gente -la demás- acostumbra salir a la calle con calzado en ambos pies, no con un zapato en su debido lugar y el otro en la mano derecha.
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